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lunes, 18 de marzo de 2013

Silencio, palabra y verdad en Romano Guardini

Nos hemos propuesto desde hace una par de semanas comentar algunas virtudes que aparecen en el volumen Una ética para nuestro tiempo. Y quizás una de las virtudes que  más necesita nuestro tiempo es el Silencio. De ella habla Guardini  en otros escritos, estoy pensando en  Ética. Lecciones en la universidad de Munich (BAC. Madrid, 2000, 180-186). En esas páginas nuestro autor concentra su atención en el hablar, con ocasión de ello toca también el tema del silencio. Claro que esto es inevitable,  no se puede tratar de lo uno si referirnos inmediatamente a lo otro, pues ambos constituyen un contraste, en el que se manifiesta la vida del hombre.

Desde el contraste vamos a analizar el silencio porque el silencio no se puede entender sin su polo opuesto, el hablar. El silencio sólo se puede dar en aquel ser que puede hablar. Los animales, emiten sonidos,  pero no hablan, por eso en ellos no existe el silencio. Hoy las máquinas también parecen hablar, aunque no es cierto. Por ello, en las máquinas tampoco existe el silencio. Esto nos hacer caer en la cuenta que el silencio no es ausencia de sonidos, "esto  por sí solo todavía no constituye silencio: también el animal está en condiciones de ello, y, aún mejor, la piedra" (Una ética para nuestro tiempo, 328-329).

También hay que decir que sólo puede hablar quien adecuadamente guarda silencio: "Sólo puede hablar con pleno sentido quien también puede callar; si no, desbarra. Callar adecuadamente sólo puede hacerlo quien también es capaz de hablar. de otro modo es mudo. En ambos misterios vive el hombre: su unidad expresa su ser." (Una ética para nuestro tiempo, 328-329). Quien conozca la teoría del contraste de nuestro autor, sabe que para que surja éste los dos polos deben estar vivos, no puede darse uno y predominar de tal modo que elimine el otro. Cuando sucede esto el contraste desaparece, y no desparece sólo en un polo sino ambos. Por eso nuestro mundo que ha eliminado el silencio ha matado también la palabra y lo que habitualmente escuchamos es su degeneración. No es una palabra vinculada a la verdad y que alimente la vida del hombre. Todo lo contrario, cuanto escuchamos hace que la existencia humana languidezca y se atrofie. "Entre el silencio y el hablar se desarrolla la vida del hombre en relación con la verdad" (Ética. Lecciones en la universidad de Munich, 182), escribirá Guardini. Por ello, es necesario recuperar el silencio para recuperar la palabra, porque de la tensión entre ambos se engendra la verdad.

 Una imagen propuesta por el mismo Guardini nos puede hacer ver la importancia del silencio: "Quien no sabe callar, hace con su vida lo mismo que quien sólo quisiera respirar para fuera y no para dentro. No tenemos más que imaginarlo y ya nos da angustia. Quien nunca calla echa a perder su humanidad." (Una ética para nuestro tiempo, 328).

Es necesario el silencio, pero ¿cuando hay que callar? Hay cosas que nunca deberían salir de nuestro interior. Experiencias personales que tienen su lugar natural en nuestro interior y a las que uno debe volver de vez en cuando porque en ellas encuentra ánimo, aliento, fuerza para seguir luchando. Hay realidades que necesitan ser contempladas en silencio pues generan ámbitos que sólo pueden percibirse en silencio. Guardini propone el ejemplo de una Iglesia. 

Sólo en el silencio se puede conocer. El estudio científico lo requiere, pero sobre todo lo exige el estudio filosófico de la realidad, es decir, el estudio que no se limita, por ejemplo, a diagnosticar el dolor y la enfermedad, sino aquel conocimiento que se pregunta sobre la esencia y el sentido de ese dolor en el contexto de los límites de la vida humana Las verdades que se alcanzan a partir de este conocimiento filosófico no se dan sino en el ámbito del silencio.

El silencio es necesario en el trato con los demás. Escribe Guardini: 
"El trato con las personas consiste en buena parte en que el uno dé al otro algo de sí: una actitud amistosa, una ayuda, un estar con él, hasta los modos de plena comunidad. Pero ¿puede dar algo de sí, cuando ni siquiera se tiene a sí mismo? Quien habla no se tiene realmente, pues continuamente se desvía de sí, y lo que da al otro, cuando debería ofrecerse él mismo, son meras palabras" (Una ética para nuestro tiempo, 332).
Y sólo en el silencio llego a Dios. Aquí nuestro autor se explaya pero yo voy a resumir cuanto dice en una sola idea que se repite a lo largo de libro Una ética para nuestro tiempo: en Dios se dan las virtudes o mejor dicho, Dios es la misma virtud. Pues bien, el hombre es imagen y semejanza de Dios y si la divinidad  es silencio y palabra, análogamente esto también se debe manifestar en el hombre. Para explicar esto Romano Guardini evoca dos conocidos pasajes. El primero es del libro de los Reyes (Re 19, 11-12). Elías busca a Dios en las fuerzas más violentas de la naturaleza y lo encuentra en la brisa ligera, en el silencio: "Así podríamos seguir reflexionando: la imagen de la vida de Dios resulta ser la infinita calma de un silencio que todo lo contiene" (Una ética para nuestro tiempo, 338). El segundo pasaje es el prólogo del Evangelio de Juan: "En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios.(...) A Dios nadie lo ha visto. El Hijo Único de Dios, que está en el seno del Padre nos lo ha manifestado." Ante estos pasajes comenta Guardini:
"La primera imagen, la del silencio y la sencillez sin ruido, y la segunda, la del nacimiento hablante de la comunidad en el amor abarcan el misterio de la vida de Dios y su sagrado señorío. Pero ¡qué misterio hay también en el hombre, en que, por voluntad de Dios, se refleja su gloria prístina! Y ¡qué deber conservarlo en su pureza invulnerada!" (Una ética para nuestro tiempo, 339).



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